Esta serie nace como acto. Un cuerpo proyectado sobre un objeto roto: no como ornamento, sino como encuentro. El gesto de colocar una diapositiva en el haz de luz, de orientar su trayectoria hacia una garrafa herida, de dejar que el vidrio desviado y el agujero lateral interrumpan la imagen, es también una acción performativa. No hay superficie neutra; el cuerpo se posa sobre una memoria fracturada, se fragmenta, se adapta, se impone y desaparece.
El dispositivo no es solo cámara y proyector: es también ese cuerpo que se deja capturar en la transparencia, ese objeto roto que se ofrece como superficie de recepción, ese momento en que la luz, el cristal y la imagen coinciden. Cada proyección es única, cada encuadre requiere una pequeña coreografía: ajustar la distancia, intuir la torsión, detener el tiempo justo antes de que se disuelva.
Recipientes imposibles registra una relación fugaz, pero intensa, entre presencia y desbordamiento. El cuerpo no cabe en el recipiente, pero insiste. La garrafa no está preparada para contener, pero aún así devuelve una forma, una distorsión, un eco. La imagen escaneada es solo la huella de esa acción